Inaugurado a fines de 2024, el hotel es una de las apuestas más nuevas de JHSF dentro de Boa Vista Village y cuenta con la operación y expertise del Grupo Fasano. Su gran diferencial es imposible de esconder —y tampoco tendría sentido intentarlo—: en el corazón del proyecto hay una piscina de surf de 220 metros de extensión capaz de generar más de 100 tipos diferentes de olas.
Pero después de pasar unos días ahí descubrimos que reducir Surf Lodge a su famosa piscina sería quedarse solamente con la foto más impactante. El hotel construye alrededor de ella todo un lifestyle. Surf chic en el interior de São Paulo.

La primera sensación al entrar es de amplitud. Los pasillos son generosos, los espacios comunes respiran, las habitaciones mantienen grandes proporciones y los balcones funcionan prácticamente como un ambiente más. Nada parece comprimido.
El proyecto arquitectónico lleva la firma de Pablo Slemenson y los interiores fueron concebidos por Sig Bergamin y Murilo Lomas, quienes consiguieron trasladar la estética relajada de una sofisticada casa de playa al interior paulista.
Maderas blancas, textiles rayados en azul y blanco, alfombras en tonos celestes, fibras naturales y una paleta muy luminosa construyen lo que, para nosotras, define perfectamente la personalidad del lugar: surf chic.

Los textiles son de Trousseau y ese nivel de detalle se mantiene tanto en las habitaciones como en los espacios comunes.
El hotel cuenta con 57 habitaciones distribuidas en 13 tipologías, con superficies generosas y balcones que, dependiendo de la ubicación, tienen una de las vistas más particulares que hemos encontrado en un hotel: una ola perfecta rompiendo una y otra vez frente a la habitación.
Pero hubo otro elemento del diseño que nos llamó especialmente la atención. Una colección de surf en las paredes.

Caminar por Boa Vista Surf Lodge es también recorrer una cuidada colección de fotografía vinculada al universo del surf.
Las paredes están intervenidas con imágenes seleccionadas especialmente por el equipo y nos contaron un detalle que dice bastante sobre el nivel de curaduría: se procuró que las fotografías no se repitieran. Entonces empezamos a mirarlas con otra atención.
Fotografías antiguas, escenas de playa, surfistas y momentos que remiten especialmente a la cultura californiana aparecen durante todo el recorrido. Más que un recurso decorativo, funcionan como parte de la narrativa del hotel. Y eso nos gustó.
Boa Vista Surf Lodge no cae en el recurso obvio de llenar un hotel de tablas para explicar que estamos en un surf lodge. El concepto está trabajado desde el diseño, la fotografía, los materiales, los colores y la arquitectura.
Hasta que llegamos, inevitablemente, a la protagonista: La ola

La piscina de surf es la primera de América Latina equipada con tecnología PerfectSwell® de American Wave Machines. Tiene 220 metros de extensión, agua dulce y capacidad para generar más de 100 configuraciones de olas, con niveles que van desde 1 para principiantes hasta 9 para surfistas profesionales.
Algunas olas pueden durar hasta 22 segundos. Y hay algo especialmente interesante: las condiciones pueden cambiar durante el día. La tecnología permite modificar el tipo y dificultad de la ola, por lo que una piscina que en determinado momento recibe a alguien que está intentando pararse por primera vez sobre una tabla puede luego generar condiciones mucho más técnicas.
Surfistas profesionales como Ítalo Ferreira y Pedro Scooby ya pasaron por sus aguas para entrenar, lo que ayuda a entender el nivel de la instalación.
Pero nosotras queríamos saber otra cosa: ¿qué pasa si nunca surfeaste? Así que reservamos una clase privada - Nuestra primera clase de surf -.
La experiencia empieza fuera del agua. Primero aprendimos cómo posicionarnos sobre la tabla, cómo levantarnos, hacia dónde mirar y qué esperar cuando apareciera la ola. Después llegó el momento de entrar. Y acá descubrimos uno de los mayores beneficios de aprender a surfear en un ambiente controlado: sabés que la ola va a venir.
No hay que interpretar el océano, esperar una condición determinada ni depender de la marea. El instructor conoce exactamente el tipo de ola que va a generarse y puede trabajar sobre eso. Para alguien que está empezando, hace que todo sea mucho más amigable.

Después llega la primera ola, intentás levantarte, te caés, volvés a la tabla y lo intentás otra vez. Hasta que en algún momento sucede. Son apenas unos segundos, pero alcanzan para entender por qué tanta gente se obsesiona con este deporte.
Y también para registrar lo surrealista de la escena: estábamos aprendiendo a surfear en agua dulce, rodeadas de campo, a más de 100 kilómetros del océano. Esa es la experiencia que no se puede explicar solamente con una foto de la piscina.
Después de surfear, el cuerpo pide exactamente lo que Boa Vista Surf Lodge propone en el otro extremo de su experiencia: wellness. El hotel cuenta con un spa desarrollado en dos niveles, gimnasio y un amplio menú de terapias corporales.
Nos sorprendió especialmente cómo el concepto de bienestar está integrado al espíritu deportivo del lugar. No se siente como un spa agregado a un hotel, sino como una continuación lógica de la experiencia.
Entrenar, surfear, jugar al tenis y después recuperar el cuerpo con un masaje. Todo sin salir del mismo entorno.

Porque otra de las grandes ventajas de alojarse acá es que prácticamente no necesitás trasladarte durante la estadía.
Boa Vista Village concentra canchas de tenis y beach tennis, espacios deportivos, restaurantes y un centro comercial con marcas premium como Louis Vuitton y Chloé, además de diferentes servicios e incluso una iglesia. Se puede llegar, instalarse y durante algunos días simplemente olvidarse del auto.
El restaurante acompaña perfectamente el mood del hotel. La propuesta gastronómica, actualmente liderada por el chef Kauê Moreira, tiene una impronta fresca y relajada, con pescados, mariscos, carnes y pastas que funcionan muy bien después de un día de actividad.
Hay un cuidado artesanal que aparece en detalles que valoramos especialmente: los panes y las pastas se elaboran en el propio restaurante.
Entre los sabores más frescos, el camarao con risotto al champagne es la estrella. Pero nuestro descubrimiento fue mucho más sencillo: El té casero de limón siciliano. Si van, pidanlo sí o sí.
Fresco, aromático y perfecto después de una mañana al sol, terminó convirtiéndose en uno de esos pequeños detalles que seguimos recordando después del viaje.
Volver a nuestra habitación también era parte de la experiencia. Además de sus dimensiones y de una decoración que continúa con los códigos blancos, azules y naturales del resto del hotel, nuestro lugar favorito fue el balcón.

Amplio, cómodo y con vista directa hacia la piscina de surf. Sentarse ahí cambia según la hora. Por la mañana se ven las primeras sesiones. Durante el día cambia el nivel de las olas y aparecen surfistas con más experiencia. Hacia el final de la tarde, la luz baja y la piscina se transforma nuevamente. La ola termina funcionando casi como un espectáculo permanente.
¿Hay que ser surfista para venir? Después de nuestra estadía, la respuesta es clara: no.
Podés no haberte subido jamás a una tabla y disfrutar igualmente del hotel por su diseño, gastronomía, spa, deporte, amplitud de sus habitaciones y la posibilidad de pasar varios días dentro de un entorno donde prácticamente todo está resuelto.
Pero también creemos que sería una pena venir y no intentarlo al menos una vez.Porque el gran diferencial no es mirar cómo otros surfean. Es ponerse una tabla bajo el brazo, entrar al agua y probar.
Boa Vista Surf Lodge consigue llevar códigos que normalmente asociamos con California, Hawái o algún destino frente al océano a un lugar donde geográficamente no deberían existir.

Una playa sin mar. Olas programadas que se sienten reales. Arena rodeada de campo. Un hotel sofisticado que, al mismo tiempo, invita a andar descalzo y pasar buena parte del día en traje de baño. Esa mezcla es la que termina construyendo su personalidad.
El lujo acá no está únicamente en los metros cuadrados, las marcas o el servicio. También está en algo bastante más difícil de conseguir: crear una experiencia que el paisaje original no podía ofrecer.
Y después de nuestra clase, un masaje, un té de limón siciliano y varias horas mirando romper las olas desde el balcón, entendimos que esa playa improbable en medio del campo es exactamente la razón por la que vale la pena venir.
InfoStyle estuvo en Boa Vista Surf Lodge, Porto Feliz, São Paulo.
Tu opinión enriquece este artículo: