La campiña inglesa: la ruta para descubrir la Inglaterra más encantadora

A poco más de una hora de Londres, los Cotswolds condensan esa Inglaterra que parece detenida en el tiempo: pueblos de piedra color miel, caminos entre colinas, jardines impecables, pubs con chimenea y hoteles instalados en antiguas casas de campo. Cómo recorrerla, dónde alojarse y qué comer en una escapada que merece, al menos, tres días.

Hay lugares que conocemos incluso antes de haber estado. La campiña inglesa es uno de ellos.

Casas de piedra cubiertas de enredaderas, jardines que parecen deliberadamente imperfectos, pequeños puentes sobre arroyos, ovejas pastando entre colinas y pubs donde el almuerzo del domingo todavía es una institución. Es la Inglaterra de las novelas de Jane Austen, de las películas de época y de esas casas de campo que durante años construyeron buena parte del imaginario británico.

Para descubrirla, el punto de partida son los Cotswolds, una extensa región rural del centro-sur de Inglaterra que atraviesa varios condados y ocupa cerca de 800 millas cuadradas. Su sello está en las colinas —los wolds— y, especialmente, en la piedra caliza local de tonos dorados con la que fueron construidas casas, iglesias, muros y pueblos enteros.

Desde Londres, una de las formas más prácticas es tomar un tren desde Paddington hasta Moreton-in-Marsh, un trayecto directo de aproximadamente una hora y media. Pero una vez allí, hay algo que cambia completamente la experiencia: alquilar un auto.

Porque los Cotswolds no son un destino para llegar a un único punto. El verdadero viaje ocurre entre pueblo y pueblo, tomando pequeños caminos rurales, deteniéndose frente a una granja, entrando a una tienda de antigüedades o descubriendo un pub que no estaba en ningún itinerario.

Para una primera visita, tres o cuatro noches permiten recorrerlos sin convertir el viaje en una carrera.

Una buena ruta puede comenzar por Broadway, continuar hacia Chipping Campden, Stow-on-the-Wold, Upper y Lower Slaughter, Bourton-on-the-Water y terminar en Bibury. Si hay un día más disponible, vale la pena bajar hacia el sur para conocer Castle Combe, probablemente una de las imágenes más perfectas de la Inglaterra rural.

Bourton-on-the-Water es quizás el más conocido, atravesado por el río Windrush y sus pequeños puentes de piedra; Bibury guarda la famosa Arlington Row, una hilera de antiguas casas de tejedores; Broadway tiene boutiques, galerías y una elegancia algo más sofisticada; mientras que Upper y Lower Slaughter ofrecen una versión más silenciosa de los Cotswolds. El secreto está justamente en no intentar conocerlos todos. La campiña inglesa pide otro ritmo.

Dormir también forma parte del viaje

Aquí, elegir hotel no es simplemente resolver dónde pasar la noche. Es parte de la experiencia.

Una de las opciones más emblemáticas es The Lygon Arms, en Broadway. Su historia se remonta varios siglos y conserva esa combinación tan inglesa entre gran casa histórica, chimeneas, madera, jardines y una actualización contemporánea que evita que todo se sienta demasiado solemne.

Para algo todavía más íntimo está Buckland Manor, también cerca de Broadway: una casa de campo rodeada de jardines que representa perfectamente la fantasía de despertarse en plena campiña.

Si la idea es sumar spa y convertir el hotel en destino, Dormy House propone una experiencia de lujo rural contemporáneo; mientras que Lords Of The Manor Hotel permite dormir directamente en Upper Slaughter, uno de los pueblos más bonitos de toda la región.

Y hacia el sur, Whatley Manor Hotel & Spa y Calcot & Spa llevan el concepto country house hacia un registro más sofisticado, donde el bienestar, la gastronomía y el paisaje tienen tanto peso como la habitación.

Qué comer: el pub inglés como experiencia

Olvidemos por un momento la idea de que Inglaterra no es un destino gastronómico.

En los Cotswolds, buena parte de la experiencia ocurre alrededor de la mesa. Hay productos de granja, quesos locales, carnes, panes, cervezas y una enorme cultura de gastropubs, pequeños restaurantes y antiguos inns. La propia oficina turística de los Cotswolds destaca el protagonismo de los productos locales en la gastronomía de la región.

Un Sunday roast merece organizar el itinerario: carne asada, papas, vegetales, gravy y Yorkshire pudding. También hay que probar un buen fish and chips, pies de carne, quesos ingleses y, por supuesto, reservar una tarde para el ritual del afternoon tea.

Para una experiencia de pub inglés contemporáneo, The Wild Rabbit, en Kingham, es una de esas direcciones que justifican desviarse del camino.

En Stow-on-the-Wold, The Old Butchers combina producto y cocina británica en un ambiente relajado, mientras que The Chequers, en Churchill, responde perfectamente a esa imagen del pub rural al que uno quiere llegar después de caminar durante horas.

También hay que caminar. Los Cotswolds tienen más de 3.000 millas de senderos y caminos rurales, además de kilómetros de antiguos muros de piedra que atraviesan el paisaje.

No hace falta completar una gran ruta de trekking. Basta elegir un sendero entre dos pueblos, llevar botas cómodas y aceptar que probablemente haya barro.

Después vendrán el té, una chimenea encendida y alguna copa en el bar del hotel.

Entrar a una librería pequeña. Comprar flores. Recorrer mercados. Encontrar antigüedades. Caminar sin destino demasiado preciso. Almorzar durante dos horas. Mirar casas que parecen no haber cambiado en siglos.

La primavera y el comienzo del verano regalan jardines en flor y días largos. El otoño transforma el paisaje y quizás sea uno de sus momentos más fotogénicos. Y el invierno, aunque frío y con pocas horas de luz, tiene otro atractivo: hoteles de campo, chimeneas, botas, roasts y pueblos mucho menos concurridos.

Para quienes buscan equilibrio entre paisaje y tranquilidad, mayo, junio, septiembre y octubre son especialmente interesantes. En verano y durante los fines de semana conviene reservar alojamiento con bastante anticipación, sobre todo si se busca alguno de los pequeños hoteles o inns más especiales.

La ruta InfoStyle

Si tuviéramos que hacerlo por primera vez, elegiríamos cuatro noches y cinco días: llegar desde Londres, instalarse dos noches en Broadway, recorrer Chipping Campden y Stow-on-the-Wold; dedicar otro día a Bourton-on-the-Water y los Slaughters; continuar hacia Bibury y pasar las últimas noches más al sur, dejando Castle Combe para el final.

No para tachar pueblos de una lista, sino para hacer exactamente lo contrario.Porque la campiña inglesa no se conoce acumulando lugares: se descubre bajando la velocidad. 

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