Campo, surf y shopping: el fin de semana perfecto está a una hora de São Paulo

Dos noches de campo, silencio y desconexión. Dos noches entre olas, diseño, deporte y shopping. A poco más de una hora de São Paulo, Boa Vista propone una escapada que permite combinar dos hoteles completamente diferentes sin salir del mismo universo.

Es la escapada perfecta desde Uruguay a tan solo dos horas y media de avión y una hora y media de auto que nos hace sentir lejos sin necesidad de estarlo.

Nuestra experiencia en Boa Vista empezó con campo, silencio y esa sensación tan difícil de encontrar de que durante algunas horas no hay absolutamente nada urgente que hacer. Dos días después, sin haber abandonado el mismo desarrollo (a 15 minutos en auto), estábamos con una tabla de surf bajo el brazo frente a una ola perfecta.

Ese contraste terminó siendo lo que más nos gustó del viaje.

La mejor manera de descubrir Boa Vista es justamente no elegir entre sus dos hoteles, sino vivirlos juntos: dos noches en Fasano Boa Vista y dos noches en Boa Vista Surf Lodge. Cuatro días que permiten pasar del lujo silencioso del campo a una versión mucho más activa y contemporánea del lifestyle, sumando surf, gastronomía, wellness y hasta una tarde de shopping.

Todo dentro de Boa Vista Village, el enorme desarrollo residencial de JHSF en el interior de São Paulo, donde la privacidad, la tranquilidad y la seguridad forman parte de la experiencia desde el momento en que se ingresa.

Primer acto: bajar el ritmo

Nuestra primera parada fue Fasano Boa Vista, y probablemente no exista mejor lugar para comenzar el viaje.

Acá el lujo no necesita llamar demasiado la atención. Aparece en el espacio, en el silencio, en la naturaleza y en una arquitectura que parece haber entendido que el verdadero protagonista es el paisaje.

El hotel, diseñado por Isay Weinfeld, está integrado a un entorno de campo donde conviven lagos, golf, hípica y grandes extensiones verdes. Todo invita a bajar algunos cambios. Y eso fue exactamente lo que hicimos.

La propuesta para estas primeras 48 horas es sencilla: llegar y no intentar llenar la agenda. Un almuerzo largo, caminar sin demasiado rumbo, disfrutar de la habitación, pasar por el spa o simplemente sentarse frente al campo. Si se quiere sumar alguna actividad, la experiencia ecuestre es uno de los grandes diferenciales de Boa Vista, al igual que el golf.

Pero lo interesante es que nada parece obligatorio. Fasano Boa Vista tiene algo de sofisticada casa de campo, donde el servicio está presente sin invadir y el diseño acompaña sin competir con la naturaleza.

Es un hotel para volver a registrar los tiempos: desayunar sin mirar el reloj, caminar, leer, dormir una siesta, hacerse un masaje o tomar algo mientras cae la tarde. Y hay otro elemento que suma especialmente cuando pensamos Boa Vista como escapada de fin de semana: la sensación de seguridad.

Estamos dentro de un enorme desarrollo residencial privado, cuidado y extremadamente tranquilo. Eso permite moverse entre las diferentes propuestas del complejo con una sensación permanente de privacidad y calma. Para una escapada en pareja o en familia, es un diferencial que se siente.

Después de dos noches en ese ritmo, llega el momento de cambiar completamente de escenario. Y no hace falta ir demasiado lejos.

Segundo acto: del campo a la playa

El traslado hacia Boa Vista Surf Lodge funciona casi como cambiar de destino en medio del mismo viaje. El paisaje sigue siendo el interior paulista, pero la energía es otra.

De repente aparecen tablas, música, arena, balcones enormes y, frente al hotel, una piscina de surf de 220 metros de extensión capaz de generar más de cien configuraciones diferentes de olas.

Si Fasano Boa Vista es lujo en el campo, Surf Lodge podría definirse como playa en el campo. Inaugurado a fines de 2024, el hotel lleva algunos de los códigos de hospitalidad del universo Fasano hacia un lenguaje más joven, deportivo y relajado.

La arquitectura es de Pablo Slemenson y el interiorismo de Sig Bergamin y Murilo Lomas. Maderas claras, rayas azules y blancas, textiles, referencias náuticas y una colección de fotografías vinculadas a la cultura del surf construyen una estética que nos transportó inmediatamente a un mood californiano.

Es surf, pero no rústico. Playa, sin intentar copiar literalmente un hotel frente al océano. “Surf chic” podría ser una buena manera de definirlo.

Nuestra habitación tenía uno de los elementos que más disfrutamos de la experiencia: un enorme balcón con vista directa hacia la piscina de surf.

La ola se convierte prácticamente en parte del paisaje. La ves mientras tomás un café, escuchás cómo rompe desde la habitación y observás cómo el nivel va cambiando a lo largo del día. Y, por supuesto, había que probarla.

Una de las experiencias que más recomendamos sumar durante estas dos noches es una clase de surf. La piscina utiliza tecnología PerfectSwell® de American Wave Machines y puede adaptar las olas a diferentes niveles, desde principiantes hasta surfistas profesionales.

Para quienes nunca se subieron a una tabla —como nosotras— hay algo especialmente interesante en aprender dentro de un ambiente controlado.

Primero viene la explicación: posición sobre la tabla, cómo levantarse, dónde mirar y qué hacer cuando llega la ola. Después, al agua. Y ahí aparece la gran diferencia: sabés que la ola va a llegar.

No dependés de la marea, del viento ni de esperar frente al océano. El instructor sabe exactamente qué tipo de ola viene y puede adaptar la experiencia al nivel de cada persona.

Cuando finalmente conseguís pararte, aunque sea durante algunos segundos, sucede algo bastante extraordinario: estás surfeando en pleno campo paulista, a más de 100 kilómetros del mar.

Por esta piscina ya pasaron nombres como Ítalo Ferreira y Pedro Scooby, una muestra de que no estamos hablando simplemente de una piscina recreativa, sino de una instalación que también permite entrenamientos de alto nivel.

Lo que hace especialmente atractivo combinar ambos hoteles es que el segundo tramo del viaje puede tener mucha más actividad sin abandonar la idea de descanso. Una mañana puede empezar surfeando y continuar con un almuerzo tranquilo, una sesión de spa y algunas horas de shopping.

El spa de Surf Lodge ocupa dos pisos y se complementa con gimnasio y un amplio menú de terapias corporales. Acá el wellness tiene otra lógica: no solamente relajarse, sino también recuperar el cuerpo después de la actividad física.

Y después aparece una de las sorpresas de Boa Vista Village: el shopping. Dentro del mismo desarrollo hay un centro comercial con marcas premium —desde Louis Vuitton hasta Chloé—, además de restaurantes, servicios, instalaciones deportivas e incluso una iglesia.

Es uno de esos lugares donde realmente se puede llegar un jueves o viernes y pasar varios días sin necesidad de abandonar el predio.

Podés montar a caballo, jugar al golf o pasar la tarde en el spa durante la primera parte del viaje; surfear, jugar al tenis o beach tennis y hacer shopping durante la segunda. Dos ritmos distintos dentro de una misma escapada.

La gastronomía de Surf Lodge acompaña esa transformación. La propuesta es más fresca y relajada, con inspiración costera, pescados, mariscos, carnes y pastas bajo la dirección del chef Kauê Moreira. Los panes y las pastas se elaboran artesanalmente en la casa.

Y entre platos más sofisticados descubrimos algo extremadamente sencillo que terminó convirtiéndose en uno de nuestros favoritos: el té casero de limón siciliano.

El plan perfecto: dos noches + dos noches

Después de vivir ambos hoteles entendimos que, más que competir entre sí, Fasano Boa Vista y Boa Vista Surf Lodge funcionan mejor cuando se complementan. Nuestra fórmula ideal sería exactamente esa: dos noches en cada uno.

Las primeras 48 horas, Fasano Boa Vista. Llegar, bajar el ritmo, disfrutar del campo, la arquitectura, la hípica, el golf, el spa y esa sensación de estar completamente protegidos del ruido exterior.

Después, cambiar de hotel. Las siguientes 48 horas, Surf Lodge. Cambiar los zapatos por una tabla, aprender a surfear, almorzar mirando las olas, pasar por el spa, recorrer las tiendas y disfrutar de un hotel con una energía completamente diferente.

No hace falta elegir entre descanso y actividad, entre campo y playa, entre desconexión y lifestyle. Boa Vista permite tener las dos cosas. Y quizás ese sea el verdadero lujo de la experiencia.

Durante mucho tiempo asociamos un gran viaje con llegar a un destino extraordinario: una playa remota, una isla, una montaña o algún paisaje que la naturaleza ya había hecho excepcional. Boa Vista propone otra idea:  Crear el destino que queremos vivir.

En cuestión de pocos kilómetros, pasamos del silencio absoluto del campo a escuchar romper las olas desde nuestro balcón. Del spa y los caballos a una tabla de surf. De caminar entre naturaleza a entrar en Louis Vuitton.

Todo sin salir de un mismo desarrollo y con esa sensación permanente de privacidad y seguridad que hace que durante cuatro días el mundo exterior parezca quedar bastante lejos.

Dos hoteles, dos noches en cada uno, dos formas completamente diferentes de descansar a solo cuatro horas de Montevideo.

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