La suya es una historia improbable, casi cinematográfica. En la década del 50, Lorenzo Soriano —un emprendedor español radicado en Argentina— emprendió un viaje en jeep por la entonces inhóspita Ruta 3 de tierra. Lo movía la urgencia: necesitaba reemplazar la goma arábica que utilizaba para fabricar su marca de gomina, Malvic, y que ya no podía importar.
El destino lo llevó a un paraje al que llamaban, con poca poesía, “Bahía Podrida”. La razón era simple: toneladas de algas marinas se acumulaban en la orilla y el olor era intenso. Lo que para muchos era desecho, para Soriano fue oportunidad. Allí, frente a una de las playas más bellas y solitarias del país, encontró el recurso que cambiaría su historia —y la del lugar— para siempre. Así nació el único pueblo alguero del mundo.
En Bahía Bustamante se recolectaban más de doce tipos de algas. La gracilaria, delicada y filamentosa, fue el “oro” que dio vida al proyecto: de ella se obtiene el agar-agar, insumo clave para la industria alimenticia global. Las algas se secaban bajo el sol seco de la estepa y luego viajaban a Gaiman, el pintoresco pueblo galés de Chubut, donde se procesaban antes de exportarse al mundo.
En su apogeo, el emprendimiento dio trabajo a más de 500 familias. Hubo escuela, iglesia, viviendas. Se vivía y se trabajaba en comunidad, en una convivencia íntima con una naturaleza indómita y generosa.
Esa misma riqueza natural convirtió a la bahía en un santuario. De las 17 especies de aves marinas que se reproducen en la costa argentina, 13 eligen este enclave para nidificar. Es también zona de descanso para especies migratorias y hábitat de una biodiversidad que hoy encuentra protección dentro de un Parque Nacional Costero y Marino y una Reserva de la Biosfera reconocida por la UNESCO.
Con el paso del tiempo, la empresa alguera dio lugar a una nueva visión. Matías Soriano, nieto de Lorenzo, transformó el antiguo campamento en un Lodge de Conservación que honra el legado familiar y redefine el lujo en clave patagónica: naturaleza pura, aislamiento consciente y hospitalidad auténtica.
Hoy Bahía Bustamante es mitad turismo, mitad producción ovina con manejo holístico. La lógica extractiva fue reemplazada por una filosofía regenerativa. Lo que antes se exportaba como materia prima, ahora se transforma en experiencia.
La recolección de algas dio paso a una producción agroecológica que abastece al Lodge: cordero patagónico, miel de flores silvestres, frutas de carozo, manzanas, peras, nueces, almendras, olivares y viñedos frente al mar. Una huerta biodinámica completa el círculo virtuoso.
El Lodge abre de octubre a abril, con reserva previa y estadía mínima de dos noches. Las casas —totalmente renovadas— se asoman al mar en cuatro categorías distintas. Desde allí parten experiencias diseñadas para conectar con lo esencial:
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Avistaje de fauna marina y de estepa.
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Trekking en un bosque petrificado de 65 millones de años.
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Caminatas hacia playas vírgenes de belleza sobrecogedora.
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Inmersión en la producción ovina.
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Visitas a sitios arqueológicos.
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Y hasta una instalación artística firmada por un consagrado artista francés, inesperada y poética en medio de la inmensidad.
Aquí el lujo no es ostentación: es silencio, horizonte y tiempo.
La gastronomía es otro de los pilares de la experiencia. La propuesta es de cocina auténtica y de cercanía: lo que no se cultiva, se recolecta del mar o la costa.
Las algas marinas y la salicornia son protagonistas. El mar aporta langostinos —en una de las zonas langostineras por excelencia—, robalo, mero, salmón de mar y pulpo. Del campo llegan el guanaco y el cordero. De la huerta: tomates, hojas verdes, remolachas, papas, zucchinis, flores comestibles y aromáticas. Huevos de gallinas criadas en libertad y miel de abejas entre flores silvestres completan el paisaje.
El menú es fijo —entrada, principal y postre— y celebra el territorio con platos como:
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Milanesa rebozada en alga nori con verduras asadas.
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Pulpo con papas doradas.
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Langostinos grillados con salicornia.
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Cordero al asador, cocido durante cinco horas.
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Pasta casera con pesto de salicornia.
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Membrillos sobre chocolate blanco con sidra artesanal de la casa.
Con el café, una hoja crocante de wakame bañada en chocolate recuerda que aquí todo empieza y termina en el mar.
En 2018, Bahía Bustamante volvió a desafiar lo convencional con la plantación de sus primeras 2000 vides —Semillón y Pinot Noir— a pocos metros del mar. Luego se sumaron Albariño y nuevas parcelas de Pinot Noir, superando hoy las 4000 plantas y proyectando una producción que aspira a las 10.000 botellas anuales.
Las vides crecen protegidas de los vientos del oeste y se riegan con agua de manantial proveniente de 20 kilómetros de distancia, almacenada y distribuida por gravedad. El proyecto, desarrollado junto a la bodega mendocina VerSacrum, dio origen a los llamados “Vinos de Mar”: frescos, tensos y profundamente ligados al paisaje.
En una tierra que fue pionera mundial en la industrialización de algas durante los años 70, hoy nace un vino que promete posicionarse como único en su especie.
Bahía Bustamante es una historia de reinvención. De cómo un emprendimiento industrial se convirtió en refugio natural. De cómo una familia transformó la adversidad en legado.
Entre la estepa infinita y el Atlántico indómito, este rincón patagónico demuestra que el verdadero lujo es pertenecer al paisaje sin alterarlo. Y, quizás, quedarse un poco más de lo previsto.
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