En primera persona con Jorge Cruz

(Por Agustina Amorós) Todos lo conocemos como Jorgito. Es un estilista particular: de risas exacerbadas pero minucioso para trabajar. Embajador de GAMA y Schwarzkopf Professional, su trabajo de pelo y make up está a la vista en campañas de moda, cine y producciones del más alto nivel. La vida no le ha sido fácil y el humor y la risa son su antídoto favorito. Con la energía inocente de un niño y el empoderamiento imparable de un artista, en InfoStyle hablamos a corazón abierto con Jorge Cruz (43). 

Me es imposible llamarlo Jorge, porque su nombre de pila no se corresponde con su energía arrolladora y delirante. Nos conocimos por primera vez en una gala InfoStyle y al segundo de presentarse me regaló la confianza necesaria para llamarlo Jorgito. Mientras me peinaba me contó parte de su historia y para el fin de la noche sabía que teníamos que entrevistarlo. Hablamos de cosas importantes, banales, graciosas y traumáticas con la misma naturalidad. Tiene la capacidad admirable de abordar el dolor con humor.

Como es un apasionado del trabajo, su agenda está repleta y para hacerle hueco a esta charla la agendamos un domingo. Lejos de dedicar su día libre al descanso, estaba trabajando creativamente en las vidrieras de Romero, una hermosa tienda en Pocitos que estaba preparando su espacio para la primavera. Jorge nos invita a pasar, nos muestra el montaje que están preparando y con su teatralidad nata declara en voz alta: “¡antes de que empecemos me voy a cambiar, porque estoy vestida de obrera!”. A los minutos, Jorgito vuelve con el outfit elegido para la producción, que incluye una de sus características faldas. Le saco el tema de su look queer y él responde: “Siempre admiré la libertad de una falda, pero no las usaba. Responsabilizo a mi amigo Diego Alfonso, que para su casamiento me propuso ser el niño de las flores con la condición de que use pollera. Nunca más volví a los pantalones. Las faldas me hacen sentir libre y nunca sentí que se me burlaran. La gente me para por la calle para felicitarme por mi estilo. Nadie se violenta por verme ser yo mismo”. Lo dejo disfrutar de los flashes un rato más y luego, entre risas, pero hablando muy en serio, nos adentramos en su historia.

El barrio en el que creciste fue muy importante en lo identitario y de hecho aún elegís vivir en la casa familiar. Me gustaría que me cuentes cómo fue tu niñez…

Tuve una niñez feliz. Hubo altos y bajos, pero cuando uno es niño no se da cuenta de eso. 

Mis padres, más allá de que hubiera conflictos, jamás nos hicieron rehenes ni a mi hermana ni a mí por problemas familiares. 

Mis abuelos paternos eran tamberos. En un momento determinado se les terminó el negocio y compraron un terreno en un barrio en desarrollo, que era Manga Rural. Mi abuelo fue una especie de fundador del barrio en el que todavía vivo. Cuando yo nací mis abuelos ya habían fallecido, pero me crié en la que había sido su casa y hoy es mi hogar.

Mi abuelo había construido un chiquero en su terreno en el que ellos hacían embutidos y chacinados. Con los años, la habitación en la que ellos tenían el chiquero se transformó en un almacén de la familia de mi madrina. Era el almacén del barrio, por lo que por mi casa siempre hubo mucho flujo de vecinos. Como mi familia paterna fue una especie de fundadores del barrio, ese cariño se trasladó también a nosotros. Yo era un niño rubio, bonito y de cachetes rosaditos. Hoy tengo 43 años y todavía me siguen diciendo “Jorgito”. Siempre sentí el cariño del entorno. Después de que mis padres fallecieron yo continué viviendo en la casa familiar. Hoy me siento muy cuidado, y me da mucha seguridad esa contención de la comunidad. 

| Tuve una niñez feliz.

¿Siempre te interesó la estética?

La estética siempre fue importante en mi vida. Creo que la absorbí de mi madre. Mi mamá era vendedora de una tienda de ropa de Montevideo en los 70 y 80. Era una tienda importante que quedaba frente a la Facultad de Derecho. En esa época, cuando salían las colecciones se hacían desfiles internos para las clientas importantes y mi mamá también modelaba. Ella siempre tuvo mucho sentido de la estética. Yo amaba acompañarla a la modista y a la peluquería. Debo ser la única persona en el mundo a la que el olor del líquido de la permanente no le da asco, al contrario, siento añoranza y me trae muchos recuerdos. 

Todas las peluqueras de mi barrio a las que yo iba con mi madre y con mi hermana hasta el día de hoy me demuestran su cariño y su orgullo por mi crecimiento. 

¿Cómo fue para vos vivir tu orientación sexual dentro de tu núcleo familiar?

¡Uh! Mi padre era chapado a la antigua y yo era un niño evidentemente gay, aunque él no lo quisiera ver. Fue duro. Tengo el recuerdo de estar una noche viendo en familia el programa de Susana Giménez y estaba como invitada Cris Miró. Estábamos cenando y mi padre tiró los cubiertos y dijo “¡Cambien de canal! A los putos hay que matarlos a todos”. —Jorge se ríe con una carcajada, aunque aclara que fue terrible—. Jamás tuve la capacidad de enfrentar a mi padre, por miedo a la represalia. Todas las veces que me lo preguntó no pude decirle que era gay, hasta que cumplí los 28 años y me enamoré.

¿Y tu mamá?

Mi mamá, más o menos lo mismo. Mi madre siempre sufrió de los nervios, fue depresiva, yo viví que a mis 10 años ella se quisiera suicidar conmigo al lado. Una vez me dijo que prefería que me tirara de un edificio o debajo de un camión antes que tener un hijo gay. A mí me daba impotencia, porque yo no estaba buscando ser así, simplemente era. Y objetivamente, ¿Me ves como una mala persona? ¿Los valores que vos me inculcaste, de respeto, de cariño, acaso yo no los tengo? Yo era un pibe que lo único que quería era estudiar.

|  Lo que más orgullo me da de mi carrera es el cariño que me tienen mis colegas.

¿Cómo fue tu camino de formación?

Fui a la escuela pública en Manga y después hice ciclo básico en el liceo 48 donde éramos todos del barrio y conocidos. Después fui al liceo 26, que era más grande, con muchos turnos y no conocía a nadie. Dejé de ser “Jorgito del barrio” y pasé a ser un chico gay. Sufrí mucha discriminación. Fue horrible. Ahí me di cuenta del soporte que había tenido en mi comunidad.

En un momento mis padres me quisieron sacar del liceo porque no había suficiente dinero para estudiar, y yo me puse a vender botellas para pagarme los boletos para seguir estudiando. Yo quería una carrera, quería un futuro mejor. Como no había cupos en peluquería, me puse a estudiar gastronomía en UTU. 

|  La muerte de mi madre me enseñó que la vida es ahora: tenés que vivir cada momento porque un día estás bien y otro mal.

Un matrimonio del barrio tenía una peluquería muy buena que se llamaba Susana y Gustavo que un día abrieron una empresa de servicios de fiestas y la primera fiesta que hicieron fue el cumpleaños de la ahijada de una amiga que me pidió que la peine. Ellos vieron mi trabajo y me propusieron sumar el servicio de peinado para su empresa.

Yo tenía 18 años y tenía un contexto muy humilde. Mi padre se tuvo que jubilar apresuradamente y la luchábamos entre todos. Yo siempre quise salir de la pobreza, pero no quería dejar de estudiar. Desde ese momento no dejé de trabajar y de formarme.

| Hoy tengo 43 años y todavía me siguen diciendo “Jorgito”. Siempre sentí el cariño del entorno.

Fueron cuatro años como aprendiz en lo de Gustavo y Susana. Yo soy muy observador, intento absorber conocimiento. Ellos eran muy buenos técnicos: todo lo que es color, permanentes, alisados, cortes. Me enseñaron mucho.

Arranqué peinando para las fiestas y como tenía formación en gastronomía, empecé a encargarme también de los platos calientes de las fiestas. Como siempre me gustó la decoración y el follajismo, también hacía los arreglos florales. Al Centro Unión, el club del barrio, lo he transformado de mil maneras. El viernes decoraba los salones, el sábado a la mañana me dedicaba a las flores y los arreglos naturales y a la tarde me iba a la peluquería a peinar y lavar cabezas. El matrimonio tenía cuatro hijos –dos gemelos de tres y dos hermanos más grandes–, empiezo a trabajar como niñero de sus hijos entre semana y los fines de semana me iba a trabajar a la peluquería. 

Un día llegó una clienta con la que teníamos mucha confianza, y me pidió un corte desmechado. En ese momento había una revista para peluqueros que se llamaba Agenda que traía un tutorial de corte paso a paso. Se lo hice y quedó de revista ¡Ni yo lo podía creer! Fue mi primer corte de pelo oficial. Con las rodillas temblando, pero la mano firme.

Al día siguiente vinieron dos clientas más a pedirme el mismo corte de pelo. Empecé a captar público joven hacia la peluquería de Gustavo y Susana. A los tres años de estar trabajando con ellos, tenía mi agenda propia con mi cartera de clientes. Yo seguía ganando lo mismo, pero hacía todo: limpiaba la casa, cuidaba los niños, cocinaba y trabajaba en la peluquería. 

| Mi abuelo fue una especie de fundador del barrio en el que todavía vivo. 

¿Cuándo decidís dar un salto?

Un día un amigo me recomienda para un boliche que estaba por abrir en La Barra de Punta del Este y estaban buscando cocinero. Hice la prueba y quedé. Decidí dejar el trabajo en lo de Gustavo y Susana y me fui a hacer temporada. Mientras yo estaba allá, mi mamá me llamaba para decirme que no paraba de ir gente a casa que quería que le corte el pelo. Si bien eso me motivaba, yo no estaba preparado para la independencia. Necesitaba una infraestructura. Yo venía de un contexto muy humilde. Además, cuando volví del este, la vida tenía una nueva prueba para mí. Tuve un accidente en taxi, me tuvieron que sacar los bomberos y en todo ese proceso me robaron todo: mi celular y toda la recaudación que había hecho en la temporada. Llegué a mi casa con una mano atrás y otra adelante. 

En la vieja habitación del chiquero que luego fue almacén, puse una silla de plástico y armé una especie de peluquería sin nada. Una peluquera que era amiga de mi mamá me prestaba una bacha portable. Muy pocas herramientas. Yo tenía veintipocos años y me volví el peluquero joven del barrio. Hacía cosas muy creativas. Las señoras me decían: “los chicos como vos tienen muy buen sentido estético”. ¡Se referían a los maricones como yo! Empecé a crecer, pero me di cuenta de que no me gustaba tanto la rutina de estar encerrado y hacer todos los días lo mismo. 

| Yo tenía veintipocos años y me volví el peluquero joven del barrio.

¿Fue ahí cuando decidiste emprender tu camino como estilista freelance?

Se fue dando… a través de una amiga conocí a las directoras de la revista De Fiesta que me convocaron para una producción de fotos. Fue mi primera producción y salió increíble. Fueron ellas las que me sugirieron que me formara en peluquería para poder competir en el mercado. Hice un curso de tres meses que fue una estafa, no aprendí nada, más bien terminé enseñándoles yo a mis compañeras, pero con ese papel –que era necesario– me puse a trabajar como peluquero creativo en una peluquería. A los dos meses me convocaron para Boom Diosa, un espectáculo en el Cantegril Country Club con Álvaro Navia y Vanina Escudero. Nosotros acondicionábamos el pelo de todo el cuerpo de baile y las vedettes. Era teatro de revista, pero había un cuadro de María Antonieta y otro de Cleopatra, todo con pelucas de época, una maravilla. Terminé haciendo toda la temporada con ellos. Aprendí un montón. De un día para otro terminé viviendo un verano en una casa repleta de vedettes. Fue muy divertido y pintoresco. Conecté mucho con el mundo artístico y con el trabajo independiente. 

Al año siguiente, en 2013, me convocaron para MoWeek. Hicimos una prueba y así nacen las chicas super poderosas (un equipo con Diego Alfonso, Flo Canedo, Henry Gómez y yo). Desde ese día entablamos una hermandad increíble. El mundo está hecho de atrevidos. A partir de esas experiencias empecé a construirme un nombre. Hoy trabajo completamente freelance: sociales, producciones de moda, publicidad y cine.

| Debo ser la única persona en el mundo a la que el olor del líquido de la permanente no le da asco.

¿Cómo ha sido tu experiencia en cine? Te han llegado proyectos memorables…

Mi primera película fue “Migas de Pan”, que protagoniza Cecilia Roth, a la que llegué por recomendación de Henry Gómez. Fue mi primera experiencia peinando en cine y muy desafiante. Mi primera jornada de rodaje fue en el cuartel noveno, con gente desnuda y ensangrentada. Había mucha caracterización. Fue una experiencia muy linda, la película está increíble.

Después de eso llegó “La sociedad de la nieve”, me convocó Noel Molinari. Fue un desafío enorme, teníamos días de 500 a 600 extras en una película con varias complejidades técnicas. Aprendí un montón y con el tiempo empecé a tomar muchos proyectos audiovisuales, comerciales y desfiles. 

| Mi padre era chapado a la antigua y yo era un niño evidentemente gay.

Estoy creciendo mucho. Este año hice dos películas, en una fui jefe de pelo y make up, de caracterización, que es un desafío enorme. Estuve en “El Milagro del Surubí”, de Lorenzo Tocco y ahora estoy trabajando en Webmaster, una película de Maximiliano Contenti. Una historia verídica sobre unos chiquilines que, en los 2000, hacen estafas por internet.

En el cine un día sos jefe de equipo y otro día asistente. Lo que te tiene que gustar es el laburo y trabajar en equipo. Para ser buen profesional tenés que tener ganas. No importa de dónde venís, sino lo que sabés hacer. Yo comía pan duro y hoy salgo en los medios… aunque lo que más orgullo me da de mi carrera es el cariño que me tienen mis colegas. 

| El mundo está hecho de atrevidos.

¿Cómo proyectás tu futuro?

No me proyecto. Mi madre se murió de un infarto fulminante de un momento a otro en el día de mi cumpleaños. La muerte de mi madre me enseñó que la vida es ahora: tenés que vivir cada momento porque un día estás bien y otro mal. Me gusta imaginar un futuro tranquilo, estando sano y trabajando en lo que me gusta, pero no es una proyección, es un deseo. 

| Para ser buen profesional tenés que tener ganas. No importa de dónde venís, sino lo que sabés hacer.

Ping Pong con Jorge Cruz:

  • Una película: Klaus. Soy fan de las películas infantiles. 
  • Un libro: “Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca.
  • Un sueño por cumplir: ¡Tener mi propio auto!
  • Un destino por conocer: La campiña inglesa.

Fotos: Mauricio Rodríguez - Agradecimiento: Romero

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