¿Por qué es tan difícil tener un hijo hoy?

Alguna vez fue un camino natural: crecer, enamorarse, formar pareja, tener hijos. Pero hoy, la pregunta “¿Querés tener un hijo?” genera más dudas que certezas. Y en muchos casos, más ansiedad que ilusión.

Un estudio reciente revela que la duración media de las relaciones entre jóvenes es de apenas cuatro años. En un escenario así, pensar en criar a un hijo en pareja suena inestable. La incertidumbre sobre cuánto va a durar el vínculo se convierte, muchas veces, en un desaliento silencioso. Y es que compartir las responsabilidades no solo hace la crianza más llevadera: también la vuelve posible. Cuando no hay garantías de esa red de apoyo, la decisión de tener un hijo se posterga… o se abandona.

A esto se suma una verdad difícil de ignorar: según la CEPAL, en América Latina las mujeres dedican el triple de tiempo que los hombres al trabajo de cuidado no remunerado. Y no sorprende que sean ellas —incluso estando en pareja— quienes más postergan o directamente renuncian a la maternidad. Porque criar, para muchas, significa también renunciar: a oportunidades laborales, a la libertad de horarios, a la independencia económica.

Muchos jóvenes —especialmente mujeres— descubren pronto que el mundo del trabajo y la crianza parecen dos caminos que rara vez se cruzan sin consecuencias. El esfuerzo por equilibrar ambos mundos es tan grande que, simplemente, desanima. Y el impacto económico es real: tener un hijo puede implicar una merma considerable en los ingresos futuros, especialmente en las etapas más productivas de la vida laboral.

Pero no todo se reduce a lo individual. Hay un factor colectivo que pesa, y mucho: el pesimismo sobre el futuro. Crisis climática, agotamiento de recursos, inflación, guerras, IA descontrolada. Vivimos en un mundo que parece al borde del colapso y muchos se preguntan: ¿Realmente quiero que mis hijos vivan en este mundo?

Mientras tanto, una generación de abuelos empieza a vivir la ausencia de nietos como un duelo silencioso. Sus hijos, en cambio, están redefiniendo por completo lo que significa una vida plena. Hoy, la felicidad ya no está necesariamente ligada a la reproducción. Amar, crecer, viajar, emprender, crear o simplemente estar en paz son formas válidas —y cada vez más comunes— de construir una vida con sentido.

La familia, tal como la conocíamos, está mutando. Y lo que a veces se percibe como egoísmo, miedo o desconexión, en realidad es otra cosa: una búsqueda sincera de equilibrio, autonomía y bienestar. ¿El resultado? Una transformación social sin precedentes.

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