Yo, Narciso: entre el ego, el humor y una Natalia Oreiro que vuelve a conquistar la pantalla

InfoStyle estuvo en la avant-première de la nueva película de Adrián Suar y Natalia Oreiro en Movie Montevideo Shopping. Alfombra roja, moda, humor y una comedia que pone el narcisismo contemporáneo frente al espejo. La vimos y esta es nuestra reseña.

Vivimos en la era del “yo”. Nos mostramos, nos observamos, buscamos aprobación y, muchas veces, construimos una versión de nosotros mismos especialmente pensada para ser mirada por los demás. En ese contexto, hablar de narcisismo resulta inevitable.

El término nace del mito griego de Narciso, aquel joven que quedó fascinado por su propio reflejo hasta ser incapaz de apartarse de él. Siglos después, la palabra sigue funcionando como una poderosa metáfora de la obsesión con uno mismo. Pero el narcisismo contemporáneo va bastante más allá de mirarse demasiado al espejo: habla de ego, necesidad de reconocimiento, seducción, imagen y de esa búsqueda constante de validación que atraviesa buena parte de nuestros vínculos.

Precisamente allí se instala Yo, Narciso, la nueva comedia dirigida y protagonizada por Adrián Suar, que vuelve a compartir ficción con Natalia Oreiro después de más de una década de Solamente vos. Esta vez, además, lo hacen por primera vez juntos en la pantalla grande.

En InfoStyle tuvimos la oportunidad de vivir el estreno desde adentro. La avant-première uruguaya reunió a invitados en Movie Montevideo Shopping, con la presencia de sus protagonistas, Natalia Oreiro y Adrián Suar.

Antes de que se apagaran las luces de la sala, la película ya había comenzado de alguna manera en la red carpet. Allí pudimos conversar con ambos protagonistas y encontrarnos de cerca con dos figuras que llevan décadas construyendo una relación muy particular con el público rioplatense. Oreiro jugaba, además, de local. Y eso se sentía.

Carismática, cercana y con esa capacidad casi intacta de transformarse apenas aparece una cámara, volvió a demostrar que la moda forma parte de la construcción de sus personajes tanto dentro como fuera de la pantalla.

En Yo, Narciso, la moda no pasa inadvertida. El personaje de Oreiro, Rocío Flores, es una profesora universitaria de Sociología que está escribiendo un libro sobre el narcisismo moderno. Para investigarlo decide acercarse, bajo una identidad falsa, a Máximo Rey, un exitoso cirujano plástico interpretado por Suar. Lo que comienza como una observación académica termina, previsiblemente, complicándose cuando investigadora y objeto de estudio comienzan a involucrarse.

Y si algo acompaña esa transformación es el guardarropa de Rocío. Rojo, animal print, cuero y verde aparecen en distintos momentos de la película y construyen una estética potente, sensual y decidida, muy vinculada también con el universo visual que históricamente asociamos a Natalia Oreiro. No hay demasiada intención de hacerla pasar inadvertida —y quizás ahí está parte de la gracia—: cuando Oreiro entra en escena, su presencia ocupa espacio.

Sin embargo, uno de los momentos que más nos sorprendió llega hacia el final. Después de una película dominada por estilismos de fuerte personalidad, aparece con un traje sastrero azul Francia que rompe con buena parte de lo visto hasta entonces. Más limpio, sofisticado y contundente, el look funciona casi como un cierre visual para el personaje. Una Natalia distinta, pero absolutamente Natalia.

Del otro lado está Máximo Rey: cirujano plástico, exitoso, seductor y convencido de que el mundo —o al menos una buena parte de él— debería girar a su alrededor.

Es difícil imaginar un personaje más cómodo para el registro de Adrián Suar. Y justamente por eso funciona.

Suar construye a Máximo desde un código que conocemos: gestualidad, silencios, timing y esa manera tan suya de llevar situaciones absurdas hasta un punto en el que terminamos riéndonos incluso antes del remate. El propio actor explicó que decidió abordar el narcisismo desde la comedia y que buscó recuperar el tono de algunas de sus películas más populares.

Su interpretación es uno de los puntos más sólidos de Yo, Narciso. Suar es fiel a Suar, y lejos de jugarle en contra, acá esa familiaridad funciona. Hay algo reconocible y efectivo en su manera de hacer comedia que sostiene buena parte de los 94 minutos de película.

La química con Oreiro hace el resto. Los dos conocen perfectamente el ritmo del otro y eso se percibe especialmente cuando la película deja de explicar su premisa y simplemente permite que los personajes se enfrenten. Allí aparecen algunos de sus mejores momentos.

Aunque Yo, Narciso se presenta como una comedia romántica, debajo del humor hay una pregunta bastante más contemporánea: ¿cuánto de Narciso tenemos todos?

Máximo representa la versión exagerada, evidente y cinematográfica del narcisismo, pero la película juega también con algo más cotidiano: la obsesión por la imagen, la necesidad de gustar, la construcción de una identidad para los demás y la dificultad de vincularnos cuando estamos demasiado pendientes de cómo somos percibidos.

La elección de convertir al protagonista en cirujano plástico tampoco parece casual. El cuerpo, la belleza y la posibilidad de modificar aquello que el espejo nos devuelve forman parte del universo sobre el que la película quiere ironizar. La historia fue concebida precisamente como una sátira sobre la obsesión por la imagen, el ego masculino y los límites del deseo.

En ese sentido, la idea resulta especialmente pertinente en 2026: quizás nunca nos miramos tanto y, paradójicamente, nunca dependimos tanto de la mirada ajena.

Hay, sin embargo, una decisión estética que desde InfoStyle sentimos que no termina de acompañar el tono de la película: la incorporación de efectos realizados o inspirados en inteligencia artificial.

En una historia que funciona especialmente bien cuando se apoya en sus actores, en los diálogos y en la química entre Oreiro y Suar, estos recursos visuales se sienten por momentos innecesarios y algo desconectados del lenguaje general del film.

No es una cuestión de estar a favor o en contra de incorporar nuevas tecnologías al cine. Al contrario: la inteligencia artificial seguramente abrirá posibilidades narrativas y visuales cada vez más interesantes. Pero justamente por eso, su utilización necesita responder a una necesidad concreta de la historia.

Aquí sentimos que no siempre sucede. Más que potenciar determinadas escenas, el recurso por momentos distrae y nos saca de un universo que funciona mejor cuanto más humano se vuelve.

Entonces, ¿vale la pena verla?

Sí, especialmente si se entra a la sala entendiendo qué película propone Suar.

Yo, Narciso no busca reinventar la comedia romántica ni convertirse en un tratado psicológico sobre el narcisismo. Busca entretener, hacer reír y utilizar un tema absolutamente contemporáneo como disparador para una historia de enredos. Y en buena medida lo consigue.

Tiene a un Adrián Suar en uno de los terrenos que mejor conoce, a una Natalia Oreiro magnética —y visualmente impecable— y el atractivo adicional de volver a ver juntos a dos actores cuya química sobrevivió al paso del tiempo.

Pero quizás su mayor acierto esté en otro lugar. Salimos del cine después de haber pasado un buen rato, sí, pero también con una pregunta dando vueltas: en una época construida alrededor de selfies, filtros, seguidores, likes y versiones cuidadosamente editadas de nosotros mismos, ¿quién puede asegurar que Narciso es siempre el otro?

Porque tal vez el espejo que propone Yo, Narciso sea bastante más incómodo de lo que parece. Y quizás, entre una carcajada y otra, terminemos reconociéndonos un poco en él.

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