“Quédate con la ropa. Siempre ponelo en tu contrato”. Ese fue, en esencia, el consejo que el abogado de Sarah Jessica Parker le dio cuando comenzó a negociar sus contratos, mucho antes de que existiera Carrie Bradshaw.
Nada de pedidos extravagantes. Parker ha contado que nunca necesitó flores, velas o exigencias especiales en su camarín. Su abogado vio valor en otro lugar: la propiedad del vestuario que utilizara frente a cámara. Algunos estudios incluso se resistían porque querían conservar las prendas para sus propios archivos, pero ella mantuvo la condición.

Cuando en 1998 llegó Sex and the City, la cláusula estaba ahí. Sarah Jessica Parker tendría derecho a conservar todo lo que usara Carrie Bradshaw, salvo las piezas prestadas por diseñadores o alquiladas que debían devolverse.
En ese momento nadie sabía que aquel guardarropa se convertiría en uno de los más influyentes de la historia de la televisión. Manolo Blahnik, Dior, Fendi, Chanel, vintage, el famoso tutú… Carrie no solo se convirtió en un personaje: se convirtió en un fenómeno fashion.

Parker hizo algo todavía más inteligente: no simplemente se llevó la ropa a su casa. La archivó.
Durante años conservó prendas, zapatos, accesorios e incluso elementos del set, cuidadosamente almacenados y clasificados por temporada, episodio y escena. Un auténtico archivo de Sex and the City que hoy funciona casi como una cápsula de la historia de la moda de finales de los 90 y los 2000.
Décadas después, cuando Carrie volvió a la pantalla con And Just Like That..., aquel archivo demostró todo su valor: el equipo de vestuario pudo recuperar piezas originales para volver a incorporarlas al universo del personaje.

Y quizás esa sea la mejor parte de la historia. Mientras millones guardábamos fotos de los looks de Carrie Bradshaw como inspiración, Sarah Jessica Parker estaba guardando los originales.
Todo porque, décadas atrás, un abogado entendió algo antes que nadie: no pidas el lujo del momento; quedate con aquello que algún día puede convertirse en historia.
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