El experimento comenzará en las próximas semanas en Estados Unidos y, por ahora, afectará únicamente a las versiones gratuitas y a ChatGPT Go, el plan más accesible de la compañía. Para quienes usan Plus o Pro, hay buenas noticias: al menos por el momento, la experiencia seguirá libre de anuncios.
La promesa inicial es clara: los ads no se mezclarán con las respuestas ni intentarán confundirse con el contenido generado por la IA. Aparecerán al final de cada interacción, dentro de la ventana de conversación, bien señalizados y separados del texto principal. Una decisión clave para no romper la confianza del usuario ni la sensación de estar dialogando con una herramienta —y no con una vidriera.
Transparencia es la palabra que OpenAI quiere instalar. Al menos en esta primera etapa.
Detrás de esta decisión no hay misterio: mantener y entrenar modelos de inteligencia artificial a gran escala es carísimo. Y OpenAI necesita nuevas vías de ingresos para sostener su crecimiento, especialmente después de su giro empresarial del año pasado, cuando dejó atrás su estatus de organización sin fines de lucro para operar formalmente como compañía comercial.
El contexto también empuja. Millones de personas usan ChatGPT todos los días, pero solo una minoría está dispuesta a pagar una suscripción. La gran mayoría —más del 90%, según estimaciones del sector— se queda en la versión gratuita, que ya resuelve perfectamente las necesidades cotidianas. Monetizar a esa masa era, más que una opción, una inevitabilidad.
Introducir publicidad en un chatbot no es un movimiento menor. Abre preguntas incómodas sobre neutralidad, sesgos y confianza. El propio Sam Altman, CEO de OpenAI, ha reconocido en varias ocasiones los riesgos, especialmente cuando se trata de anuncios personalizados.
Por eso, la compañía asegura que avanzará con cautela. Entre las promesas:
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identificación clara del contenido publicitario
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posibilidad de decidir si se quieren recibir anuncios personalizados
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control total para borrar datos asociados a la personalización
La idea es que el usuario tenga margen de decisión y que la IA no se convierta en un vendedor encubierto.
OpenAI no está sola en este giro. La industria entera se mueve en la misma dirección. Google, por ejemplo, ya prueba anuncios integrados en conversaciones con chatbots, especialmente en procesos de compra. La lógica es simple: si las personas buscan recomendaciones hablando, ahí es donde las marcas quieren estar.
En el caso de ChatGPT, los anuncios estarán vinculados al contexto del diálogo. Si hablás de viajes, tecnología o zapatillas, eso es lo que aparecerá. Siempre, según la empresa, con opciones para desactivar la personalización.
La llegada de publicidad a ChatGPT no es solo un cambio de modelo de negocio. Es una señal de madurez. La inteligencia artificial dejó de ser un experimento fascinante para convertirse en una infraestructura cotidiana. Y donde hay hábito, hay mercado.
La gran pregunta no es si habrá anuncios, sino cómo convivirán con la experiencia. Si serán una interrupción más o si lograrán integrarse sin romper esa sensación casi íntima de estar conversando con una mente artificial que —hasta ahora— parecía ajena a todo eso.
La era ads ya empezó. Y, como toda buena conversación, recién está entrando en su parte más interesante.