Chiara Ferragni llegó caminando despacio. No hubo estridencias. No hubo sonrisas forzadas. Dijo sentirse “tranquila y confiada”, y esa calma —ensayada o real— fue su armadura. Durante meses, su nombre había sido pronunciado en titulares que hablaban de estafa, de campañas solidarias cuestionadas, de un imperio digital puesto bajo la lupa. El Caso Pandoro y los huevos de Pascua habían dejado de ser productos para convertirse en símbolos.
Dentro de la sala, el tiempo pareció suspenderse. No hubo réplicas. No hubo cruces finales. El juez Ilio Mannucci Pacini se retiró a deliberar y, durante esas horas, Chiara volvió a ser simplemente una mujer esperando. No la influencer. No la empresaria. No el personaje público. Solo alguien aguardando que la justicia pronunciara su veredicto.
La Fiscalía de Milán había pedido una condena dura: un año y ocho meses de prisión. Las acusaciones hablaban de millones, de errores que habrían engañado a consumidores entre 2021 y 2022, de una narrativa solidaria que —según los fiscales— habría fortalecido no solo las cuentas, sino también la reputación. Se habló de beneficio económico, pero también de algo más intangible y poderoso: la imagen.
La defensa, en cambio, sostuvo otra historia. La de la ausencia de intención. La de errores de comunicación, no de fraude. La de una empresaria que aseguró haber actuado siempre de buena fe y que, incluso antes del juicio, había reparado el daño con indemnizaciones y donaciones que superaron los 3,4 millones de euros. Correos electrónicos, acuerdos previos, el principio de non bis in idem. Todo estaba ahí, como piezas de un rompecabezas que buscaba una única palabra: absolución.
Y entonces sucedió…
El juez no reconoció la circunstancia agravante solicitada por la fiscalía. El delito quedó encuadrado como estafa simple y, tras la retirada de la demanda por parte de Codacons luego de un acuerdo indemnizatorio, el caso se extinguió. Chiara Ferragni fue absuelta. También lo fueron Fabio Damato, su exmano derecha, y Francesco Cannillo, presidente de Cerealitalia.
A la salida, las cámaras volvieron a encenderse. Esta vez, Chiara habló. Y su voz tembló apenas lo suficiente como para parecer verdadera.
“Estoy feliz. Tengo que dar las gracias a toda la gente que me ha apoyado. Gracias de todo corazón”. Luego insistió, como quien necesita reafirmar una certeza: “A mis seguidores, que siempre han estado cerca de mí. Soy quien soy gracias a ellos”.
No fue un discurso largo. No hizo falta. Porque este no era el final de una causa judicial, sino el cierre de un capítulo emocional. Uno que dejó marcas. Uno que expuso el costo de vivir bajo la lupa constante, donde cada gesto se amplifica y cada error se convierte en sentencia social.
El Caso Pandoro quedará en los archivos. Pero la historia de Chiara Ferragni —la de la mujer que cayó, fue cuestionada y hoy vuelve a levantarse— seguirá escribiéndose en un terreno mucho más complejo que el de los tribunales: el de la confianza, la credibilidad y las segundas oportunidades.
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