En primera persona con Hassen Balut

(Por Agustina Amorós) Se formó en cine, pero hoy encabeza un reconocido estudio de arquitectura, diseño de interiores y mobiliario que lleva su nombre. Nació en La Plata pero hace más de dos décadas que vive en Montevideo. Se considera el argentino más uruguayo que existe y se casó, según dice, con la uruguaya más argentina que conoce. Conversamos con Hassen Balut (47), padre de tres hijos, apasionado del lifestyle y un convencido de que el lujo es simplicidad.

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Cuando habla de los argentinos se refiere en tercera persona; cuando habla de los uruguayos, también. Le pregunto de dónde se siente y hace una pausa. “Rioplatense”, responde, como todos los que son un poco de acá y otro poco de allá. “Estudié todos los rincones del mundo para vivir y para mí Montevideo es, por afano, el mejor lugar del mundo. Es una ciudad linda, a escala humana, donde nos conocemos todos. El pobre, el medio y el rico están más integrados que en otras partes de Latinoamérica. La segregación social nos hace mal, es un problema grave. Además, admiro el perfil de los uruguayos, que no ostentan, que son cultos, educados e incorruptibles. Acá se vive en paz, es un país chico y bien conectado con el mundo”, dice Hassen.

Su familia es originalmente de La Plata. Su madre es la modelo y actriz argentina Teresa Calandra, que en varias entrevistas contó que estando embarazada durante la dictadura militar argentina, secuestraron a su marido, Alejandro, y por 34 días no supo dónde estaba. Volvió a casa unos días antes de que nazca Hassen. Buscando formas de paliar el dolor de esos años, la familia se traslada a Buenos Aires. Hassen se convirtió en el mayor de dos hermanos y años más tarde sus padres se separaron. A medida que nos adentramos en su vida, los recuerdos familiares, las anécdotas y las piezas de su historia se mezclan para construir su propia identidad. 

A partir de la carrera de su madre tuvo mucho contacto con la moda y el mundo audiovisual. Por parte de padre conectó con el empuje emprendedor, la madera y los textiles. También la familia Páez Vilaró tuvo un impacto notorio en su vida. Los aprendizajes de todos confluyen en lo que es hoy. “Algo que siempre admiré de mi familia es que nunca tuvieron miedo de volver a empezar, mostrarse vulnerables y reinventarse. Qué lindo saber que uno siempre puede volver a empezar”, dice.

Hace 22 años vive en Carrasco con su esposa, Ciara Nin, con la que tiene tres hijos: Asia (18), Santos (14) y León (10). Con su estudio, que ya cumplió los 16 años, se dedica a crear arquitectura, interiores y mobiliarios minimalistas y atemporales. Sus ambientes se caraterizan por la luz y el buen uso del espacio, por el trabajo de materiales nobles, mobiliarios de alta calidad, hermosos lacados y textiles. De todo esto conversamos en primera persona con Hassen Balut. 

Leí que tu formación académica viene del cine…

Sí, estudié en la Universidad de San Telmo en Buenos Aires. No llegué a terminar la carrera, pero mi formación académica viene del cine. Tuve la oportunidad de hacer dos proyectos cinematográficos con un íntimo amigo mío, Silvestre Jacobi. Uno sobre Candombe [2001] y otro sobre la influencia musical en Jamaica [Roots Time, 2006].

¿Fue el proyecto de Candombe el que te trajo a Uruguay?

Tuvo que ver. Mi padre se casó con Beba Páez Vilaró y se vino a vivir a Uruguay, vivía al lado de Casapueblo. A partir de ese momento la figura de Carlos Páez Vilaró se hace muy importante para mí y a los 21 años decidí instalarme en Uruguay para filmar un documental sobre Candombe. Estuvimos meses viviendo y sintiendo el movimiento. Carlos nos abrió las puertas de Barrio Sur, nos conectó con Juan Ángel Silva –capo de morenadas y una institución candombera–. Queríamos narrar el Candome desde una perspectiva humana y fue alucinante. A partir de esa experiencia pasé más tiempo en Uruguay, quería aprovechar para conectar con mi padre que vivía acá. Él tenía una carpintería en Maldonado, se dedicaba a hacer muebles para arquitectos y tenía una fábrica de madera tratada. Fueron años de descubrimientos, por unos años me dediqué a hacer ropa, hasta que conocí a mi mujer que es uruguaya y decidí instalarme definitivamente en Uruguay. Con mi padre nos salió la oportunidad de trabajar en Hotel Serena, el primero sobre la arena de Punta del Este. Con ese proyecto me picó el bicho, desde ahí no paré.

 

¿Cómo fue ese giro profesional para encabezar hoy un estudio de arquitectura y diseño de interiores con tu nombre?

El cine tiene mucho de arquitectura y viceversa. Cuando pienso en un espacio, estoy pensando en planos, en frames

Me enamoré de la arquitectura estando en Milán. Durante un tiempo viajaba mucho a Italia porque filmaba un programa de moda que hacía mi madre, en el que íbamos todos los años a registrar los desfiles de las grandes marcas. Iba caminando por Milán, entro en una librería y me encuentro con un libro increíble de Christian Liaigre, un arquitecto y diseñador francés que me rompió la cabeza. Su estilo simple y minimalista fue mi faro. Más tarde, trabajando con papá, me enamoré de la carpintería, del olor a la madera y del proceso creativo.

Hace más de 15 años tomaste la decisión de dedicarte al diseño de interiores en Uruguay ¿cómo era el rubro en ese momento?

El mundo era otro. La figura del diseñador de interiores casi no existía, era más común el rol de decorador. Lo que hace el diseñador de interiores, a diferencia de un decorador, es ocuparse de espacialidad, aires acondicionados, terminaciones, perillas, carpintería, algunas cosas que también hacen arquitectos. Al principio fue difícil establecer relaciones con los estudios de arquitectura porque hay una línea muy delgada hasta dónde va uno y hasta dónde llega el otro, tanto en responsabilidades como en participación del proyecto. La dinámica no era la habitual a nivel regional, por lo que en nuestros primeros proyectos nos contrataba directamente el cliente y ahí acordábamos con los respectivos estudios.