El peso del cansancio emocional: cómo identificarlo y qué hacer

(Por Fernando Taragano [MN 63.205]. Doctor en Salud Mental, Médico Psiquiatra, Diplomado en Educación Médica) “Estoy cansado”. Esa frase la escucho todos los días: en el consultorio, en cafés, en redes sociales. La dicen pacientes, familiares y amigos. A veces se acompaña de un bostezo, otras con una risa nerviosa, casi siempre es una expresión sincera sin ironía ni queja superficial. Hay quienes no se quejan, solo se arrastran. Dicen que están bien, que solo fue una semana difícil, que necesitan dormir un poco más. Sin embargo, duermen, y el cansancio sigue ahí. Persistente. Denso. Como si la fatiga se hubiera instalado en el alma: como si hubiera un síntoma callado, escondido.

Este tipo de agotamiento no siempre es fácil de identificar, ni por quien lo padece ni por quienes lo rodean. Porque no es el cuerpo el que está pidiendo una pausa, es la mente. Es el corazón. Y esa forma de cansancio —más silenciosa, más profunda— es la que llamamos agotamiento emocional.

¿Qué es el agotamiento emocional?

El agotamiento emocional es un estado de desgaste psicológico que se produce después de un periodo prolongado de estrés, preocupación o sobrecarga afectiva. Es un colapso invisible, intangible, pero profundamente real. No se alivia con una siesta ni con un fin de semana de descanso. Es un cansancio que nace en el interior de la psiquis, cuando las reservas de energía psíquica y afectiva se agotan.

Es un fenómeno muy frecuente en quienes cuidan de otros (padres, profesionales de la salud, docentes), en personas sometidas a presiones laborales extremas, o en quienes atraviesan crisis vitales, pérdidas o duelos emocionales.

¿Cuáles son sus síntomas?

El agotamiento emocional puede disfrazarse. A veces parece solo mal humor o apatía. Pero si prestamos atención, aparecen señales más claras:

  • Sensación constante de fatiga, incluso después de dormir.

  • Falta de motivación. Actividades que antes entusiasmaban ahora generan indiferencia.

  • Irritabilidad o hipersensibilidad emocional.

  • Dificultad para concentrarse o tomar decisiones.

  • Despersonalización: sensación de estar desconectado de uno mismo o de actuar “en automático”.

  • Aislamiento social: evitar vínculos por falta de energía emocional.

  • Síntomas físicos: dolores de cabeza, insomnio, contracturas, problemas digestivos.

  • Sensación de vacío, tristeza o desesperanza.

Este agotamiento es muchas veces confundido con depresión y no es raro que coexistan. Lo que lo diferencia es su raíz: la sobrecarga emocional sostenida en el tiempo. Aunque la depresión y el agotamiento emocional comparten síntomas —como la fatiga, la falta de motivación o el aislamiento— son entidades diferentes con causas, duración y tratamientos distintos. 

¿Y en qué se diferencia de la depresión?

La depresión es un trastorno del estado de ánimo, multifactorial (biológico, psicológico, genético y social), que puede aparecer sin una causa externa evidente. No siempre es consecuencia de estrés.

¿Qué provoca el agotamiento emocional?

La vida emocional es compleja. Pero hay ciertos patrones que predisponen al agotamiento emocional:

  1. Cuidar de otros sin cuidarse a uno mismo. Muy común en madres y padres, cuidadores de enfermos o profesionales de salud. Dar sin recibir, sostener sin sostén.

  2. Demandas laborales excesivas, con presión constante, falta de reconocimiento o ambientes tóxicos.

  3. Conflictos personales crónicos: discusiones frecuentes, relaciones desgastantes, rupturas no resueltas.

  4. Falta de límites personales. Decir siempre que sí, absorber las emociones ajenas, no poder delegar ni pedir ayuda.

  5. Autoexigencia extrema. El ideal del “tengo que poder con todo” es una trampa que conduce directo al colapso.

  6. Eventos traumáticos o estresantes acumulados: pérdidas, mudanzas, enfermedades, cambios drásticos.

¿Por qué lo negamos?

Aceptar que uno está emocionalmente agotado cuesta. Porque en una cultura que glorifica la productividad, el “parar” se asocia a debilidad. Porque creemos que sentirnos así es “normal” y que va a pasar solo. Y porque el físico no sangra ni tiene fiebre, entonces no parece tan urgente.

Pero el costo de no escuchar esa fatiga es alto: baja el rendimiento, se afectan los vínculos, se deteriora la salud física y mental. Y lo más peligroso: perdemos el contacto con nosotros mismos. Esta frase hace referencia a una de las consecuencias más profundas del agotamiento emocional: la desconexión con la propia identidad, necesidades y emociones.

  • Deja de registrar lo que siente realmente. Puede estar triste, enojada o frustrada, pero no logra identificarlo claramente.
  • Pierde claridad sobre sus límites. Acepta demandas que no puede sostener, dice “sí” por inercia.
  • Se olvida de lo que le da placer o sentido. Lo que antes disfrutaba deja de tener lugar o interés.
  • Empieza a funcionar en “modo automático”. Cumple con tareas y responsabilidades sin conexión emocional.
  • Se aleja de su deseo personal. Ya no se pregunta qué necesita, qué quiere, qué le hace bien. Solo sobrevive.

¿Cómo se sale?

Superar el agotamiento emocional no es inmediato. Implica un proceso, a veces doloroso pero profundamente reparador. Algunos pasos esenciales:

Reconocerlo. Nombrarlo ya es un alivio. No es pereza, ni debilidad, ni flojera. Es un signo de que algo no está bien, y merece atención.

Bajar la autoexigencia. Nadie puede con todo. No todo tiene que salir perfecto. Aprender a poner límites, delegar, pedir ayuda, es un acto de salud mental.

Descansar de verdad. No se trata solo de dormir. Se trata de descansar emocionalmente: reducir estímulos, frenar el multitasking, encontrar momentos de silencio, de pausa, de desconexión.

Reconectar con lo que nutre. Volver a actividades que dan placer, que estimulan la creatividad o la contemplación. No para rendir, sino para reencontrarse.

Hablarlo. Compartir lo que sentimos con alguien de confianza, o buscar ayuda profesional. Un terapeuta puede ser una brújula en este proceso.

Mover el cuerpo. El ejercicio físico no es solo para el cuerpo: también libera tensiones y mejora el ánimo.

Revisar vínculos. A veces, lo que nos agota no es el trabajo, sino una relación tóxica, un entorno hostil o una falta de conexión auténtica.

Una reflexión final

En tiempos de aceleración constante, sentirnos agotados no es una excepción, es casi una consecuencia lógica. Pero cuando el cansancio se vuelve permanente, cuando ni el sueño ni el ocio lo alivian, es hora de mirar más hondo.

El cuerpo avisa, pero la emoción también. Decir “estoy agotado” puede ser el inicio de un cambio. De un replanteo. De una sanación.

El descanso emocional no es un lujo: es una necesidad. Escucharlo es un acto de coraje y de amor propio. Y a veces, lo más valiente que podemos hacer es frenar. Recuperar el contacto con uno mismo no se logra con una semana de vacaciones. Es un proceso. Es preguntarnos con honestidad: ¿Qué me está pasando? ¿Qué estoy necesitando? ¿Qué partes de mí he descuidado? Y aunque duela mirar, es el primer paso para volver a sentirnos vivos.
Porque al final, más que descansar el cuerpo, necesitamos reconectarnos con nosotros mismos: reencontrarnos con nuestra mente, nuestras emociones y los valores que dan sentido a nuestra vida.

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