Está en Moltrasio, sobre una de las costas más cinematográficas del lago, a unos 15 minutos de Como. Desde afuera, la villa color ocre aparece entre cipreses y jardines que descienden hacia el agua. Adentro, la escena cambia a mármoles, sedas, flores, antigüedades, lámparas Fortuny y piezas de Murano.
Todo tiene algo de película italiana, pero sin sentirse armado como un set.

Passalacqua fue construida a fines del siglo XVIII para el conde Andrea Lucini-Passalacqua sobre terrenos que habían pertenecido al papa Inocencio XI. Por sus habitaciones pasaron aristócratas, músicos y figuras históricas; Vincenzo Bellini se alojó allí y trabajó en La Sonnambula, y décadas más tarde Winston Churchill también estuvo entre sus huéspedes.
En 2018, la familia De Santis, propietaria del Grand Hotel Tremezzo, compró la villa. Siguieron tres años de restauración y una decisión estética bastante clara: no borrar las capas de historia para transformarla en un hotel perfecto, sino hacerlas parte de la experiencia.

El lujo italiano no tiene por qué ser beige. Acá empieza probablemente lo más interesante de Passalacqua
Mientras buena parte de la hotelería de lujo abrazó interiores neutros, líneas puras y la estética quiet luxury, esta villa hizo del maximalismo su lenguaje.
Hay más de veinte variedades de mármol, pisos de terrazzo veneciano realizados artesanalmente, candelabros y espejos de Murano, lámparas Fortuny, tafetanes de seda producidos en Como, muebles antiguos y estampados que conviven sin pedir permiso.

Mucho antes de que TikTok decretara el regreso del maximalismo, Passalacqua ya había decidido que más podía ser más.
Pero no se siente como un hotel diseñado alrededor de un moodboard. Esa quizás sea la diferencia. Hay libros, flores, objetos, mesas vestidas y habitaciones que no son idénticas entre sí. Tiene la imperfección visual de una casa habitada.

Passalacqua tiene únicamente 24 habitaciones y suites, distribuidas entre tres edificios: la histórica Villa, Palazz y Casa al Lago, ubicada junto al agua.
La gran protagonista es la Suite Bellini, de aproximadamente 250 metros cuadrados. Conserva una monumental sala de música neoclásica, vistas al lago y un enorme chandelier de Murano. Es el tipo de habitación que vuelve bastante difícil aplicar la expresión solo voy al hotel a dormir.

Passalacqua tampoco parece demasiado interesada en que sus huéspedes acumulen actividades. Los jardines descienden en terrazas hacia el lago. Entre ellos aparecen una piscina rodeada de rosas, espacios para jugar bocce, rincones donde desayunar sin demasiada prisa y un embarcadero privado desde el que salir a navegar por Como.
También hay una pequeña Fiat 500 Spiaggina naranja, baños de vapor escondidos en antiguos túneles subterráneos y huevos que llegan al desayuno desde el propio gallinero de la propiedad. Son detalles que podrían parecer anecdóticos, pero explican bastante bien la personalidad del hotel.

El lujo acá no está planteado únicamente desde cuánto cuesta algo, sino desde cómo se siente pasar el día.
Para entender el concepto del hotel hay que conocer villeggiatura. Durante siglos, las familias italianas se trasladaban durante largas temporadas desde las ciudades hacia sus villas. La idea no era “conocer un destino” en tres días, sino instalarse temporalmente en otra manera de vivir.

Comer tarde. Recibir amigos. Leer. Nadar. Conversar. Dormir una siesta. Volver a comer. Passalacqua recuperó esa filosofía y la convirtió en parte de su identidad.
En plena era de itinerarios de TikTok, reservas hechas con meses de anticipación y viajes que a veces terminan sintiéndose como una checklist, propone algo bastante menos productivo: tener tiempo.
Desde su apertura, Passalacqua pasó rápidamente de ser una nueva dirección del Lago di Como a convertirse en uno de los hoteles más comentados de Europa.

En 2025 recibió el reconocimiento a Best Boutique Hotel de The World’s 50 Best Hotels y forma parte del reducido grupo de propiedades italianas distinguidas con Tres Llaves Michelin, la máxima categoría hotelera de la guía. Pero sus premios explican solo una parte de la fascinación.
La otra está en esas escenas pequeñas que hicieron que Passalacqua aparezca una y otra vez en nuestros feeds: una mesa servida frente al lago, las sombrillas estampadas junto a la piscina, una habitación llena de flores, una copa al final de la tarde o un barco esperando junto al muelle.
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