La escena reunió a figuras como Tatu Glikman, Kat Vara, Nachito Elizalde y Martín Piroyansky, en una presentación que, más que desfile, se sintió como una declaración conceptual. KOSTÜME no celebra su trayectoria desde la nostalgia, sino desde la continuidad: una evolución silenciosa pero firme de su lenguaje.


Lejos del exceso, la colección se construye desde la estructura y la tensión. Cada prenda parece responder a un sistema interno donde nada es arbitrario. Costuras expuestas, superficies intervenidas y resoluciones visibles revelan el proceso creativo como parte esencial del diseño. Aquí, el making of no se esconde: se exhibe, se reivindica, se vuelve protagonista.


La elegancia, en este universo, se redefine. No es ornamento ni artificio, sino disciplina. Las siluetas —depuradas, rigurosas— se sostienen en una economía de recursos que amplifica su impacto. La forma se impone sin estridencias, en piezas donde cada línea tiene un propósito. Incluso la imperfección encuentra su lugar: deja de ser error para transformarse en método, incorporando el gesto humano como un valor irreductible.


En tiempos de sobreestimulación digital, KOSTÜME elige volver a lo esencial. La materialidad, el proceso, el tiempo invertido en la construcción de cada prenda se vuelven el verdadero lujo. No se trata de escapar del presente, sino de responderle desde una lógica propia, donde lo tangible recupera sentido.

#51AW26 es, en definitiva, una síntesis precisa del ADN de la marca: una colección que consolida su lenguaje y lo proyecta con claridad hacia el futuro. KOSTÜME no busca reinventarse, sino profundizarse. Y en esa decisión —radical, coherente— encuentra su mayor fuerza dentro de la escena contemporánea.
Tu opinión enriquece este artículo: