Guayabo: el restaurante en medio del campo que crece en José Ignacio con un modelo distinto

(Por Antonella Echenique) Lejos del circuito tradicional de José Ignacio, en el medio del campo entre la ruta 9 y 10 y a casi una hora de Punta del Este, abrió en 2024 Guayabo, un restaurante con un modelo basado en cercanía, producto y recomendación.

En un destino donde cada temporada suma nuevas aperturas y la competencia gastronómica se intensifica, abrió sus puertas Guayabo, que decidió construir su identidad desde otro lugar. El restaurante, ubicado entre la ruta 9 y la ruta 10, a unos cinco kilómetros de cada una, propone una experiencia que empieza incluso antes de llegar. El camino, el entorno y la desconexión forman parte del plan.

Asimismo, el proyecto tiene una raíz personal, debido a que Elena Nievas, socia y fundadora, nació y creció en la zona, y el terreno donde hoy funciona el restaurante pertenece a su familia. “La casa de mi madre está a unos 800 metros. Yo crecí en este espacio y este campo era de mis abuelos”, comentó en diálogo con InfoStyle.

¿Cuándo comenzó? 

Nievas mencionó que la idea surgió en plena pandemia. En ese momento, llevaba 14 años trabajando en el restaurante La Huella. Sin embargo, sostuvo que el contexto obligó a repensar los siguientes pasos. 

En tanto, comenzó a visualizar cambios en la zona: más circulación, nuevas familias -muchas de ellas argentinas- y un crecimiento que antes tenía poco movimiento. Por lo tanto, esta observación generó la oportunidad de implementar el proyecto. “Le propuse a mi mamá construir en una parte del terreno familiar y comencé a construir mientras continuaba trabajando en La Huella hasta octubre de 2024”, explicó. La apertura de Guayabo se concretó el 15 de diciembre de ese mismo año. 

Por otro lado, Agustín Verdaguer, socio del restaurante, se sumó posteriormente. Ambos se conocieron trabajando en La Huella, donde ella era su jefa. Tras varias temporadas compartidas entre Uruguay y Francia, decidió integrarse de lleno al proyecto.

“Volví en agosto de 2024 y me metí de lleno en la obra y el restaurante. Fue un proceso muy intenso”, subrayó. Asimismo, destacó el apoyo familiar: los hermanos de Nievas, vinculados a la construcción, fueron clave para concretar el espacio.

Desde el inicio, se planteó como una propuesta diferente dentro de José Ignacio. No solo por su ubicación, sino también por su “lógica de funcionamiento”, agregó.

Por un lado, el entorno, con campo abierto y sin construcciones cercanas, ofrece una sensación de calma poco habitual en la zona, que se potencia con la experiencia del propio espacio. “Los clientes vienen a compartir y se quedan; no hay apuro”, explicó Verdaguer.

En verano, trabajan con alrededor de 60 cubiertos, en un espacio con capacidad para hasta 80. Sin embargo, prioriza la cercanía como diferencial clave: la cocina está a la vista y los dueños interactúan directamente con los clientes. “Se genera un vínculo distinto. Muchos ya son habituales; conocemos sus nombres y ellos los nuestros”, agregó Nievas.

No obstante, como ocurre hoy con la mayoría de los emprendimientos en la zona, la estacionalidad marca el ritmo del negocio. El verano concentra la mayor parte de la actividad, mientras que el invierno exige otra estrategia.

En ese sentido, el primer invierno fue positivo y permitió ajustar la propuesta. “Abrimos al mediodía, porque hay menos opciones en la zona, y eso funciona”, explicaron.

No obstante, reconocieron que hay meses muy bajos. “Es parte del negocio. La clave es sostenerse”, señalaron. Asimismo, destacaron que existe una base de residentes permanentes, incluyendo extranjeros, que ayuda a mantener la actividad durante todo el año.

A su vez, remarcaron que el crecimiento del restaurante estuvo impulsado por la recomendación directa. “El boca a boca fue fundamental”, afirmó Nievas. Su trayectoria previa en La Huella también generó una red de clientes que ya conocían su trabajo.

Recién en la última temporada comenzaron a trabajar de forma más activa la comunicación digital. Sin embargo, el principal motor sigue siendo la experiencia. Hoy, además de público local, reciben clientes de otras zonas como Manantiales, La Barra y Punta del Este, muchos de los cuales hacen el viaje como parte del plan.

Carta de estacionalidad

En lo gastronómico, la propuesta se basa en una cocina honesta y enfocada en el producto, con destacada presencia del fuego: parrilla y horno de barro.

La carta incluye pastas caseras (con opción cárnica y vegetariana), tres cortes fijos de carne (bife ancho, entraña y matambrito de cerdo) y pesca local. Sin embargo, la disponibilidad de pescado depende de las condiciones. “Si no hay producto fresco, preferimos no ofrecerlo”, explicaron. Esa decisión refuerza la transparencia con el cliente.

Por otro lado, la carta cambia según la estación. Ingredientes como peras, higos y membrillos se incorporan en función de la disponibilidad. Asimismo, algunos platos que comenzaron como pruebas terminaron consolidándose como clásicos, como el cappelletti de cordero o los langostinos.

En otro orden, mencionaron que en términos de crecimiento pasaron de 35 cubiertos en su primera temporada a superar los 60 en la segunda. Sin embargo, dificulta la contratación de personal, lo que condiciona la operación y, por otro lado, tienen una decisión estratégica. “No queremos ser masivos, porque si aumentas demasiado los cubiertos, pierdes el trato cercano; queremos disfrutar lo que hacemos”, señalaron.

Aunque el entorno podría sugerir una propuesta rústica, Guayabo busca romper con ese preconcepto. El espacio, construido principalmente en madera, integra calidez con detalles cuidados: barras en tonos esmeralda, vajilla seleccionada y una ambientación que cambia entre el día y la noche. “Muchos llegan pensando que es una pulpería y se sorprenden”, comentaron.

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